Portales entre mundos

Portales entre mundos

 

portales entre mundos

Creo que existen los portales entre mundos, pero nunca pensé que experimentaría el flujo que pueden generar. Llevaba bastante tiempo viviendo en ese piso sin siquiera haber visto a la vecina de la puerta de enfrente. Decían que pasaba más tiempo de viaje que en casa. Y también decían que la nuera de esa vecina misteriosa se había suicidado allí.

No suelen gustarme las habladurías porque son como ese juego infantil del teléfono descompuesto, en el que se empieza diciendo esto y se termina diciendo lo otro. Además, tenía mucho que hacer, como siempre, y acabé olvidándome de aquel chisme inconcluso.

Un día hubo un poco más de movimiento de lo habitual en el piso de al lado, y resultó que su dueña había regresado de un viaje. Nadie nos había presentado, y para ella yo era una vecina nueva, así que al encontrarnos en la puerta de entrada a nuestras respectivas casas, nos saludamos con amabilidad.

Debió marcharse enseguida, así que, nuestra relación no tuvo tiempo de ir mucho más allá de ese primer encuentro.

Por eso mismo, me sorprendió mucho que un día me tocara el timbre, para contarme que se mudaba y que iba a deshacerse de todos los muebles de su piso. Se iba a un apartamento amueblado y por lo tanto, no le harían falta, así que pensó que tal vez yo estuviese interesada en quedarme con alguna cosa.

Aunque tenía muebles, sentí curiosidad, esa curiosidad que lo lleva a uno a pasearse en busca de tesoros por un mercadillo de domingo. Me gusta mucho reciclar lo que otros consideran basura. Sí, soy bastante aficionada a las antigüedades y a las cosas viejas en general, a pesar de que soy consciente que a veces sirven para mantener abiertos portales entre mundos.

cosas antiguas

Llámame rara, pero los trasteros de la gente ocultan cosas increíbles, y en ese caso, un piso entero de muebles, no se podía dejar pasar.

Naturalmente, no podía quedarme con todo, pero elegí algunos objetos que ya ni recuerdo, a no ser por el único que nunca olvidaré: un espejo de pared redondo con su marco de madera barnizada. Me pareció precioso: lo colgué a un lado de la puerta principal, en el vestíbulo, junto a la puerta del salón.

Mi vecina se mudó de ciudad y no volví a verla nunca más.

Después de que se durmiera el resto de la familia, yo solía quedarme a ver un poco de televisión en el salón. Era un momento de tranquilidad y silencio, en el que podía apagar las luces y el ordenador, y disfrutar de algún programa. A veces me levantaba para ir a la cocina, en busca de algo que picotear o beber, y era entonces cuando sentía una inquietud cercana al miedo.

El instante de cruzar por el vestíbulo en penumbra, justo antes de encender la luz de la cocina, comenzó a volverse angustioso. Sentía claramente que había alguien allí, hasta tal punto que comencé a pasar por el vestíbulo mirando solo el piso, por temor a ver algo indeseado si me fijaba.

A veces me contenía de ir a la cocina, incluso aunque tuviese sed, y otras, encendía las luces centrales para que se iluminara hasta el ultimo rincón. Yo misma me repetía que era una estupidez, pero también era consciente de que hasta el momento, eso no me había sucedido.

¿Cuál había sido el cambio? Aunque te parezca mentira, yo no me daba cuenta: era evidente que estaba percibiendo alguna energía extraña. ¿Pero por qué en ese momento y no antes? Yo no era consciente de haber hecho nada en especial para abrir portales entre mundos.

A esa sensación de inquietud, se sumó la vigilancia constante del vestíbulo mientras veía televisión. Necesitaba girar la cabeza a un lado para vigilar el hueco sombrío al otro lado de la puerta, porque allí había algo, algo que también me vigilaba a mí.

Hasta que un día comencé a cerrar la puerta del salón cada vez que entraba por las noches a ver la tele, de tal modo no sentía la necesidad de vigilar el vestíbulo oscuro. El salón era un reducto en el que me sentía segura aunque solo tuviese la luz de la tele encendida. Y me olvidé del asunto por esas cuestiones obvias de «ojos que no ven, corazón que no siente».

portales entre mundos

Era cuestión de tiempo que un día me olvidara de cerrar la puerta del salón, y en algún momento, entrada la noche, noté que algo oscuro se había movido en el vestíbulo. Fue como un bulto oscuro que pasó tan rápido como un rayo; apenas lo percibí con el rabillo del ojo.

Recuerdo que encendí todo, el corazón me latía muy rápido. En la cocina, que estaba justo enfrente, hacía un frío terrible, lo cual me pareció raro porque siempre era la estancia más cálida de la casa. Terminé auto convenciéndome de que había sido una ilusión óptica. 

Esa noche tardé mucho en acostarme y en conciliar el sueño, no por lo que había visto, sino porque comencé a repasar cuántas veces lo había visto. No podía negarlo: esa sombra huidiza que no tenía forma definida pero si densidad suficiente como para ser más oscura que la oscuridad del vestíbulo, estaba allí desde hacía tiempo.

Por otra parte, incluso de día y entrando el sol por un extremo de la cocina, para poder estar tranquila mientras cocinaba de espaldas a la puerta que daba al vestíbulo, también había empezado a cerrarla.

La sensación de ser vigilada y de ver pasar a la sombra eran fenómenos constantes, diarios. Ya no podía negarlo porque me estaba auto engañando.

Esa noche, me di cuenta de que hacía tiempo que me encerraba en la cocina y me encerraba en el salón porque sentía que alguien me miraba desde el vestíbulo. El pasillo también exigía mucho valor para detenerse a mirarlo desde un extremo hacia el otro cuando estaba oscuro. Mi propia casa me resultaba inquietante.

Todo partía o desembocaba, según se viera, en el vestíbulo. Allí solo había una cajonera y el espejo, sí, ese precioso espejo redondo que había elegido en el piso de la vecina de enfrente. Justamente un espejo, con el cuidado que hay que tener con ellos para no quedar en medio de portales entre mundos.

Yo siempre lo miraba, no es que mirara mi imagen, miraba al espejo. Tenía una presencia especial. No era muy grande, pero poseía el vestíbulo. Y yo lo atribuía a lo bello y original que era.

Por las noches, al acostarme, sentía ese susurro hueco que no decía nada en particular, como el sonido del mar en una caracola. Lo sentía siempre que me despertaba de madrugada, que era frecuentemente porque sufro de insomnio. Había algo susurrando tan cerca de mi cara, que me aceleraba el pulso aunque no estuviera moviendo ni un músculo. Entonces me quedaba inmóvil y no abría los ojos por temor a lo que pudiese ver.

No estaba soñando, no tenía parálisis del sueño ni me encontraba en duerme vela. No estaba consumiendo ningún tipo de medicación que pudiese inducirme alucinaciones, y no tengo ninguna enfermedad mental que las genere.

El tiempo pasó y yo me mudé. Como todos antes de una mudanza, me deshice de un montón de cosas.

Como conozco el poder inter dimensional de los espejos, antes de habitar el nuevo piso, que ya tenía muebles, cuidé de limpiar los espejos que había allí, y no me refiero a quitarles el polvo, sino a un buen baño de agua con sal y otro de vinagre.

Por supuesto, me encargué personalmente de llevar mi bello espejo redondo, por temor a que se rompiera durante la mudanza. Quedó un tiempo empaquetado y de cara a la pared detrás de un mueble. Cuando terminé de acomodar el desorden usual de la mudanza, días después, encontré el paquete con mi precioso espejo, al que había olvidado por completo. Me alegré, era como la guinda del pastel, el último detalle; lo desenvolví con mucho cuidado y lo colgué en mi cuarto encima del tocador. El nuevo piso ya tenía espejo en el vestíbulo así que me quedaría el espejo redondo para mí sola.

Esa noche, a las tres y media de la mañana, me desperté de repente. El mismo susurro hueco me rodeaba; era tan fuerte que hasta podía sentir la electricidad estática. Salté de la cama, encendí la luz, descolgué el espejo y lo coloqué fuera de la habitación y de cara a la pared.

Al día siguiente, me deshice de él. Me deshice de su capacidad de abrir portales entre mundos.

No sé qué fue, no sé qué pasó realmente, pero en la nueva casa no volví nunca a tener las mismas sensaciones incómodas y atemorizantes que había sufrido en el piso anterior. Había muchas diferencias y muchas coincidencias entre ambas viviendas, pero solo una constante: el espejo redondo, el único al que nunca había limpiado la energía, el que había estado colgado en la misma casa en la que se había suicidado una persona.

Ahora solo puedo hacer conjeturas. Supongo que era algo que pertenecía a la mujer que se quitó la vida en casa de mi vecina; si no lo era, estuvo allí durante el proceso depresivo que la llevó al suicidio. Como espejo, debió absorber toda esa energía, y era cuestión de tiempo que saliera a pasearse por el lugar en el que lo colgaran. En este caso, mi casa.

 

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